Huellas en la nieve


El día era soleado, pero ahí afuera hacía frío. Un frío más bien seco y soportable, eso sí con algunas capas de ropa y unas buenas botas, gorro y guantes.



Ella vivía sola en lo alto de un cerro, ahora cubierto de nieve. Lo normal para la época del año. Allí había una casita destruida y abandonada, construida en fuerte piedra y madera de roble. El techo, digamos que el techo eran las estrellas pues no había y las ventanas y puertas simplemente ya no existían. Dentro de la casa solo había trozos de madera y alguna piedra. ¿Quién podría vivir ahí? ... Allí vivía ella. Una dama de piel casi transparente, cabellos blancos y brillantes y unos ojos grandes y azules como el cielo. Ella era muy alta y hermosa y vestía unas ropas de seda de tonos blancos y azules que se confundían con su esbelta figura. No necesitaba del fuego para entrar en calor, pero de vez en cuando bajaba al pueblo más cercano y se acurrucaba cerca de alguna hoguera olvidada o simplemente miraba escondida algún fuego a tierra desde alguna ventana indiscreta y sonreía. Antes del amanecer volvía sobre sus pasos y sus huellas se confundían entre las de la gente al principio de la mañana. Ella no era de este mundo, pero pertenecía a él.



Una mañana muy temprano, un joven se cruzó con unas huellas en la nieve. Normal pensó en principio, pero las siguió con la vista, y aunque estaban cerca de borrarse vio que iban en dirección a la casa abandonada. Estaba lejos, pero iban en esa dirección. Sin saber por qué el joven las siguió, y una vez fuera del pueblo observó que seguían solas y hacia aquella dirección. Se sintió impulsado por una fuerza divina y siguió avanzando sin saber por qué, pero seguía y cuanto más andaba más extraño se sentía. Era como una mezcla de nerviosismo y alegría por encontrar algo que no imaginaba. Una sensación rara de que estaba haciendo lo correcto, pero no sabía ciertamente que buscaba. Tenía que ir allí donde acabasen las huellas, sabía que algo le esperaba. Lo presentía con una convicción casi enfermiza e irrefrenable. Y a medida que se acercaba a la casa abandonada, las huellas en vez de borrarse, se hacían más evidentes. Sentía alegría por nada y determinación, y un vendaval de mariposas en su vientre que le decían que estaba en camino correcto. Al fin llegó...y allí estaba ella. No la vio pero allí estaba observándolo con una sonrisa de oreja a oreja, una pequeña hoguera lo esperaba. Aceptó gustosamente acercarse y sentir el calor de haber cumplido con sus pensamientos. Cogió de allí lo que necesitaba pues ahora la casa estaba llena de trofeos en forma de hermosas frutas para alegrar el alma. Y allí estaba ella riendo sin ser oída y abrazándolo sin ser sentida.



Ella se llama... o la llamamos FE. Y aunque la tenemos casi siempre olvidada, cuando la seguimos con la certeza de encontrarla; nos lleva a lograr pequeñas o grandes metas. La FE en ti, en los demás, en alguna situación, divinidad o no...la Fe es bella y a su vez de piel transparente; sabes que está ahí pero no puedes verla, ni tocarla, ni sentirla. Y ese poder olvidado en el fondo del alma, a veces sale a nuestro encuentro y sin saberlo seguimos sus huellas en la nieve. Puede ser que tu mismo las borres y pierdas el camino,entonces ella vuelve sola a la casa. Puede ser que des vueltas sin ningún sentido y ella te grite para enseñarte el camino, aunque no puedas oírla. La FE es un don que solemos subestimar y no se trabaja. Permanece fría y sola a nuestra espera, ¿pero con qué se enciende su llama?... se enciende con el CORAZÓN. Y dime tú amig@, ¿crees que puede salir algo malo de ahí?.



Yo estoy buscando mi propia hoguera. Siento que ahora ríe mi dama, no puedo verla, pero imagino unas huellas en la nieve...Creo que seguiré el camino.



Por Jordi Luna



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