El Volcán


Haiku del volcán


Desde la cima

nubes blancas, ahora

duerme volcán.

Volcán

Subir a la cima y contemplar el volcán, ahora que aparentemente duerme. La calma está tensa, y se respira una tensión sosegada...

Subir a la cima de la montaña contigua requiere un esfuerzo igual a subir al volcán, quizás mayor, pues dicha montaña es más alta. ¿Cuántas veces subí aquel volcán? tantas que ya no recuerdo si quiera cuando dejé de visitarlo. Aún en mis sueños se sostiene por mi subconsciente. Pero ahora despierto, lo miro como nunca antes lo había mirado, como nunca antes lo había sentido, como nunca antes lo había observado... Recuerdo las continuas subidas y bajadas al volcán, respirando su aire contaminado, sintiendo como la lava se retuerce dentro de la tierra y quiere escapar y tocar mis pies. Cuántas veces pensé que inevitablemente explotaría, quemando todo recuerdo de mi cuerpo y mi existencia. Nunca entró en erupción aunque creí que estallaría todas y cada una de las veces que escalaba por sus cenizas candentes. Quise luchar contra él tantas veces...pero siempre me derrotó, acababa bajando lastimado, cobraba fuerzas y seguía el mismo camino estéril una y otra vez. Siempre la misma respuesta, derrota.

Subir la cima de la montaña contigua requiere un esfuerzo igual a subir al volcán, quizás mayor, pues dicha montaña es más alta...Una última vez subí, decidido a todo, incluso me puse mis alas; esas alas que da el soñar, esas alas grandes y blancas. Una vez más me derrotó el Dios Vulcano quemando mis alas blancas y deshaciendo mi alma en cenizas. Pero de esas mismas cenizas, como ave Fénix resurgí. Y una vez muerto lo viejo y renacida mi esencia, me volví a poner mis alas. Pero esta vez comprendí que no debía volar hacia el volcán pues esa batalla nunca la podría ganar, y volé hacia la cima de la montaña contigua. Y allí encontré paz junto a la batalla. Me senté a la sombra de mi destino Celta, un hermoso Arce que permanecía aún cargado de sus hermosas hojas de color otoñal, un rojo intenso pero frío. Un árbol de fuego frío, de ese fuego que solo te embelesa pero no quema. Y allí sentado, apoyando mi espalda en su tronco, conectado a sus raíces y proyectado en sus ramas, comprendí...Para seguir con el flujo de la vida, no debía luchar contra mi volcán interior, él formaba parte de mí. Así que dejé esa batalla interior y me hice a un lado. No debía huir, pero tampoco luchar. Simplemente aceptar la batalla, pero mirarla desde fuera y continuar observando la vida con mis grandes alas blancas. Así mi volcán se calmó, y descubrí la fuerza de la aceptación conectando mis alas a las raíces de un Arce, mi árbol, mi alma...

Subir la cima de la montaña contigua requiere un esfuerzo igual a subir al volcán, quizás mayor, pues dicha montaña es más alta, pero una vez allí...extiende tus alas, has empezado a vivir, pues las batallas se librarán a tu lado, pero tú ya no tomas parte activa de ellas. El volcán forma parte de ti y tú de él, pero ahora eres un espectador de lujo. Has empezado a vivir, incluso puedes pintar una sonrisa en tu cara.

Por Jordi Luna

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